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domingo, 5 de octubre de 2014

MARIANO DE MEER EN AMERICA

En Massachusetts: la feria de Nueva Inglaterra



LA FERIA DE WEST SPRINGFIELD

Era la Feria de West Springfield. Los seis estados de Nueva Inglaterra tenían su edificio y abrían sus puertas para que conocieras sus costumbres, sus productos y sus paisajes. Era el último sábado de la feria y había gente por todos lados. Había puestos de todas las clases, exhibiciones de animales, concursos de carromatos tirados por caballos y actuaciones musicales. También había un circo y un tobogán gigante por el que podías deslizarte sobre un saco de arpillera por el módico precio de dos dólares. Era un día soleado, hacía calor pero se estaba francamente bien.
Las familias se congregaban en torno a los puestos de limonada, perritos calientes o barbacoas. Los niños correteaban por todos lados mientras sus padres decidían qué visitar a continuación. Un señor se fijó en mi camiseta de Los Soprano y extendió su mano para felicitarme por mi buen gusto. Una muchacha con sombrero vaquero y botas de tacón espoleaba al elefante en el que se había montado mientras su compañero aplaudía desde la fila de la atracción. Unos curiosos tomaban fotografías de un Mustang del seseinta y cinco. Mi amigo David y yo nos habíamos propuesto disfrutar y conocer de primera mano una de esas ferias americanas de las que tanto habíamos oído hablar. Todavía siento escalofríos cuando releo esta última línea ahora, desde este cuarto en el que la luz del sol lleva un rato agitando su pañuelo de despedida. Ahora encenderé la luz, si tengo fuerzas para apartar los ojos de la pantalla del ordenador.


Podría deciros que lo que más me llamó la atención fue el enorme tobogán por el que me deslicé o los rollitos de langosta que me ofrecieron en el estado de Maine. O la comida especial de este año, la Crazy Burger, una hamburguesa con queso y bacon que, en lugar del pan habitual, ofrecía el curioso placer de disfrutar de un donuts bañado en azúcar. Podría contaros que las explicaciones de los vendedores de sartenes, los cuidadores de animales o los puestos de sirope de arce del edificio de Massachusetts fueron lo más destacado de la feria de Nueva Inglaterra. Pero no voy a ocultaros nada. No quiero convertir esta carta en una crónica más que alabe las maravillas de una más de las ferias locales de este país. Hay un acontecimiento, una experiencia, un relato que no se me olvidará en la vida. Ocurrió en esta feria, en ese último fin de semana de septiembre. Cuando leáis esta carta podréis confirmar por qué nada de lo que yo vi en la feria de Springfield puede quitar protagoniso a lo que nos sucedió a mí y a mi amigo David en aquel pintoresco recinto enclavado en una de las ciudades del oeste de Massachusetts.




El cartel nos llamó la atención desde el principio. David estaba terminándose una de las patatas que se había comprado en el edificio de Vermont y que yo había engullido unos minutos antes. Tengo que reconocer que no sé si antes o después de probar aquellos pasteles de Conneticut que me habían vuelto loco. Lo cierto es que los dos nos paramos en seco y nos acercamos a aquella tienda de colores vivos que anunciaba una atracción más que singular. El título llamó nuestra atención. “El extranjero intercambiable”. No sé si daba más miedo o no en inglés pero, desde luego, David y yo coincidimos en la traducción y a los dos nos extrañó por igual. En ese momento salían dos chicas de la tienda y empujaban la lona que hacía las veces de puerta de entrada. Una de ellas sostenía los brazos de la otra, que lloraba desconsolada. Me pareció escucharlas y descubrí que hablaban otro idioma. Desde luego que eran americanas y que no era inglés lo que llegaba a mis oídos. ¿Rumano quizás? Por su aspecto, sí, no me hubiera extrañado que resultaran ser rumanas. Aquello no hizo sino acentuar nuestro estupor y acrecentar nuestra curiosidad. David se terminó la patata y yo di un último sorbo a la limonada que acabábamos de rellenar en un puesto cercano. Cruzamos nuestras miradas y entramos.

No lo he dicho pero supongo que no es ningún secreto. David y yo somos de Huesca. ¿Qué hacemos en Estados Unidos? La empresa para la que trabaja él tiene una sucursal en un pueblecito del estado de Nueva York. Está a unas cinco horas de la ciudad de Massachusetts en la que yo estoy viviendo. Soy profesor en un distrito que está a unos veinte minutos de mi casa y voy a estar en Estados Unidos, en principio, tres años. Lo de David era para seis meses, así que en marzo o así tenía previsto volver a España. No, no estoy usando los tiempos verbales arbitrariamente. Ana, su mujer, sabe bien de lo que hablo…
Entramos, en efecto, en la tienducha aquella y una señora se nos acercó inmediatamente. Nos miraba con unos ojos que sabían mil idiomas y en cuanto escuchó nuestro acento inglés se frotó las manos y nos invitó a sentarnos. Había cinco sillas mal contadas de esas que se pliegan y se usan para todo, y estaban orientadas a una mesa baja con un tapete de color incierto y alergia manifiesta al servicio de lavandería. La mujer sostenía un libro comido por el lomo y el color de aquellas páginas denotaba el paso de los años. No había nadie más en aquella especie de tienda de campaña de campamento de refugiados y la mujer, no obstante, nos hablaba dirigiendo su voz más allá de nuestros asientos, como si estuviera delante de un auditorio magnífico que abarrotara un teatro imaginario. Empezó a hablar y nuestra sorpresa fue mayúscula. Hablaba nuestro idioma, un perfecto español con acento murciano o almeriense que no me era extraño en absoluto.

David estaba tan absorto en sus palabras que no fue capaz de reaccionar ante mis continuos tirones. Yo intentaba convencerlo para que nos fuéramos de allí porque todo me gritaba en mil lenguajes que aquello no nos traería nada bueno. ¿Por qué estaba tan convencido de que era necesario que nos largáramos de aquella atracción? Tengo la absoluta certeza de que las atracciones se llaman así por algo y el comportamiento de mi amigo me estaba dando la razón. El español tan extraordinariamente hablado, con el acento particular de una tierra en concreto, la mirada penetrante y desazonadora de la vieja, aquella curiosa manera de dirigirse a un público fantasma, el tapete enmohecido y las páginas amarillentas de su libro… ¿Queréis más razones para salir de allí inmediatamente? Yo no me sentía bien y un sudor frío besaba de forma antinatural mi frente. Mis manos temblaban tímidamente y el estómago reaccionaba produciéndome una sensación de ardor que la limonada no habría sido capaz de fabricar. Pero David no atendía a razones. Sus ojos se habían clavado como dardos envenenados en la mesa de tapete infecto y sus oídos no atendían otra cosa que no fuera el lenguaje persuasivo de la anciana de la atracción.

Yo quería salir de allí corriendo pero no iba a dejar a mi amigo solo en aquel extraño lugar. Ana no me lo habría permitido. Y yo no me lo habría perdonado en la vida. Si hubiéramos estado en una casa encantada o en medio de una cacería o atrapados dentro de una secta satánica perdida en un pueblo fantasma hubiera sabido a qué atenerme. Lo extraño de aquella atracción era que no sabías cómo reaccionar ni qué te esperaba. Eso es lo que la hacía más peligrosa. Aquella mujer no tenía un aspecto como el de las brujas de Goya ni buscaba atemorizarnos. Solamente hablaba nuestro idioma con una corrección tal que allí, en medio de los Estado Unidos era más que chocante. La mesa daba asco más que terror y el libro aquel podía haber sido admirado en cualquier vitrina de un museo de antigüedades. Sin embargo, yo tenía miedo y mi amigo parecía hechizado. Aguanté allí y su mujer me lo hubiera agradecido si no hubiera ocurrido lo otro. No solo me hubiera reconocido mi decisión de no abandonar a David entonces, sino que me hubiera colmado de atenciones. No obstante, lo que sucedió después impidió cualquier afectuoso reconocimiento por parte de Ana. De hecho no ha vuelto a hablarme y aunque ella continúa en el país, intentando dar con el paradero de su marido, no ha querido recibirme ni verme. No me coge el teléfono y no ha dejado que le dé ninguna explicación.

Lo otro. Lo que vino después de aquel discurso de la mujer de la caseta de feria no podrá olvidárseme en la vida. El tapete se fue al suelo sin que nadie lo tocara. Yo estaba allí y no vi ningún movimiento extraño por parte de la señora. Cayó el tapete y sobre la mesa vimos el rostro de un individuo. Era un truco que no conseguiría engañar a un niño de cinco años. Había un agujero en la mesa y un tipo sacaba la cabeza sobre un plato de plástico decorado con poco gusto, como si fuera una vianda de un banquete cutre. Se veía claramente que el resto del cuerpo estaba oculto por el resto del mantel y que allí no ocurría nada excepcional. La mujer, entonces, pidió que alguien del público (como si tuviera delante a toda una muchedumbre) ocupara el lugar de aquel tipo. David parecía divertirse y quiso formar parte del juego. No me oía o no quería hacerlo. Me decía que desde que era niño le había gustado formar parte de los trucos de magia y aquel sencillo juego de la cabeza cortada sobre el plato de comida tenía su gracia. Le dije que estaba loco, que había algo que me daba mala espina. Si Ana consigue leer esto alguna vez me gustaría que me creyera cuando digo que usé mil argumentos para evitar que sustituyera al hombre de la mesa de tapete ajado. Juro que lo intenté todo.
El hombre, antes de abandonar su extraño lugar en la mesa, agradeció a mi amigo su decisión. Con lágrimas en los ojos le dijo que le estaba haciendo el hombre más feliz de la tierra, que solamente llevaba allí unos minutos pero que significaba mucho para él poder abandonar su sitio. Las palabras que salieron de su boca eran una copia exacta de las expresiones y el lenguaje, el acento y la entonación de la señora de la caseta. Mi amigo le dijo que no se preocupara y ocupó su lugar bajo el mantel y colocó su cabeza sobre el plato. El hombre misterioso salió corriendo de allí y no se le ha vuelto a ver. La mujer de la caseta me dijo que ahora sí podía irme. ¿Cómo? ¿Qué me estaba sugiriendo? Fui a replicarle pero entonces entendí el título de la atracción y comprendí mucho más porque, aquella anciana, se dirigía a mí en español, sí, pero con un acento aragonés que no se aprende si no has vivido toda tu vida en nuestra tierra. Aquella mujer cubrió la mesa con el tapete y siguió hablando hacia el público imaginario. Yo agarré aquel trozo de tela rancia y revenida y destapé la mesa. Mi amigo ya no estaba allí. Grité a la mujer pero fue inútil. Un policía entró y la vieja le explicó que yo era peligroso y que ella no tenía la culpa de que no le hubiera hecho gracia la atracción. Como era extranjero, el policía no tuvo que pensárselo mucho. Tampoco me hice entender, lo sé, pero aquello era tan incomprensible que ni Cervantes lo hubiera dicho mejor en castellano.
Volví al día siguiente pero la atracción ya no estaba allí. La Feria terminaba ese día y nadie supo decirme qué había sido de aquella atracción por la que yo preguntaba y que nadie parecía haber visto en todo el mes que había durado la feria de West Springfield. Por supuesto no tenían ni idea acerca de la mujer sobre la que yo les preguntaba. Llegué a pensar que me había vuelto loco.

Ana me escuchó por teléfono y pensó que bromeaba. Luego viajó hasta aquí y después de verme dejó de dirigirme la palabra. Días después, mirando en Internet, descubrí que hacía un año exacto, una muchacha rumana había desaparecido en la misma feria del condado. Ahora estaba sana y salva pero era incapaz de decir una palabra sobre aquella experiencia. Había una fotografía en la que aparecía sentada, hierática, con la mirada perdida. Otra chica sujetaba sus brazos, rígidos como estalactitas. Reconocí enseguida a las dos muchachas de la tienda de la atracción.
Han pasado varios meses desde entonces y solo me queda una esperanza. Cuando vuelva la feria me acercaré a la atracción de “El extranjero intercambiable” y sacaré una entrada. Escucharé las palabras que tenga que decir la vieja del libro polvoriento y no me sorprenderá su acento aragonés. Después, ocuparé el lugar de mi amigo y, seguramente, la anciana cambiará su acento por un español con tintes americanos que parece que últimamente se me ha pegado en este pueblo del oeste de Massachusetts en el que quizá llegue a pasar más de tres años.

martes, 15 de julio de 2014

Un adelanto de "La vendedora de castañas"

"En un mes me marcho a Massachusetts y, entre otras cosas, echaré de menos nuestras presentaciones de libros y ferias de Huesca, Almudévar, Zaragoza... Sin embargo, quiero que sepáis que habrá una próxima novela y que os va a encantar. No sé cuándo podrá publicarse pero estoy convencido de que seguirá la trayectoria de sus hermanas mayores, "Intrusos" e "Historias de humo". De hecho, formará con ellas una trilogía, la de la editorial Satélite, puesto que las tres novelas comparten una trama literaria y existen conexiones entre sus personajes.



Su título es "La vendedora de castañas" y su historia se desarrolla en Huesca. Sentimientos, recuerdos e historias entrelazadas construyen una trama ágil y llena de saltos en el tiempo, a la que nos asomamos a través de las páginas de un cuaderno, inspirados correos electrónicos y voces muy distintas. Os copio un párrafo para que lo saboreéis, como esas castañas que ni siquiera el frío puede hacer que se desperdicien"

...Huesca no ha cambiado. Podrías recorrerla con los ojos cerrados y llegarías a todos los sitios que aún estaban en la época en la que empezamos a salir, en aquellos años de instituto y recreativos, cafés y cañas con limón, bancos de piedra del Parque y esperas dando mordiscos con los ojos al reloj del Casino de la plaza Zaragoza. Los comercios se han desplazado buscando el centro desde la peatonalización y los bares del Tubo han ido cambiando de traje y de dueño o cayendo en el olvido hasta que la población de vidrio y cristal ha terminado por diezmarse. El Cañas, el Pilón o Los Toneles son solamente recortes de recuerdos que destiñen, vino aguado cuya mancha acabará empujándonos a deshacernos de las viejas prendas y a olvidarnos de a qué sabían aquellos maravillosos momentos. Aún así, todo permanece en su sitio. Aunque al álbum de fotos le añadas páginas nuevas o sustituyas alguna que otra imagen nunca conseguirás hacerle perder el aroma a nostalgia que el tiempo solo hace que fortalecer. A pesar de que las fotos sean ahora digitales y el álbum no ocupe más que una minúscula carpeta en la pantalla de un ordenador, la fuerza de aquellas instantáneas provoca exactamente las mismas sensaciones y atrae idénticos recuerdos a los que, en lugar de pasar las pesadas páginas, pulsamos una minúscula tecla del portátil.
Desde el balcón veo pasar las mismas sombras que hace cincuenta años deambulaban mientras venían al mundo la gente de nuestra generación. Ha podido cambiar la moda, el vestido yel lenguaje, pero el ritmo y las preocupaciones que transitan por el Coso no han sufrido ninguna modificación. Ahora no circulan coches y los viandantes dibujan trayectorias improbables, pero los jóvenes siguen galopando calle arriba, las adolescentes caminan envueltas en la misma risa fácil y contagiosa y los viejos se paran a descansar en los mismos rincones...

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